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viernes, 9 de febrero de 2024

La vejez, un adjetivo que se transformó en insulto

 


Por: @CamiNogales 

El inevitable paso de los años se convirtió en motivo de insulto, injustificado, diría yo, dirigido a quienes ya pasamos el quinto piso o a los que están próximos a llegar. Pareciera que fuéramos pocos los seres humanos que envejecemos; mientras que, aquellos que insultan, se creen bendecidos con el elíxir de la eterna juventud. Está tan satanizado envejecer, que uno escucha a algunos centennials afirmar, categóricamente, que se van a suicidar antes de los 40 porque no piensan, bajo ninguna circunstancia, cumplir tantos años porque "qué pereza ser tan viejos".   

Una de las víctimas de esta fobia, entre las que me incluyo, ha sido Carolina Cruz. Ella subió una foto a sus redes sociales y, a cambio, recibió comentarios como “Cómo se le ven los años”, “¿Qué le pasó?”, “El tiempo haciendo su trabajo”, “Uy, Caro, la cara”. Esto, como si las usuarias, que manifestaron su opinión, estuvieran exentas del paso de los años, y estos cambios solo se evidenciaran en la presentadora. 

De forma paralela, al senador Humberto de la Calle, en una carta remitida por las disidencias de las Farc, lideradas por ‘Ivan Mordisco’, fue objeto de insultos, entre otras, por la misma razón: “Señor de la Calle, siga pasando de partido en partido llevando su vejez con la misma indignidad que ha llevado su lagarta vida…” Aunque el congresista quería hacer caso omiso de dicha misiva, respondió: “Lo único que me llama la atención es que él (Mordisco) habla de la vejez. Se ha vuelto una cultura atacar a las personas por su grado de vejez, como si eso pudiera detenerse. El que se va en contra los viejos se da con una piedra en sus propios dientes”.

La sabia respuesta de De la Calle me representó. Déjenme decirles que Iván Mordisco tiene 49 años, así que no es tan joven como quisiera. Este líder, de un grupo criminal, se siente con autoridad moral de insultar a los demás por el paso de los años. Ironías de la vida. 

Es que no sé en qué momento de la vida se volvió pecado envejecer. Recuerdo que, en épocas de mis abuelas, ellas llevaban la vejez con dignidad, como debe ser. No hacían nada para detener el paso del tiempo en su piel; solo acudían a la crema humectante en la cara, y tampoco recibían insultos del prójimo por viejas y arrugadas. 

Ahora el bótox y las arrugas, de forma paralela, son objeto de crítica, en la vida real y en las redes sociales. Los celulares de alta resolución no ayudan porque muestran las señales que el espejo a veces oculta. Por esta razón, las niñas, desde los 12 años, empiezan a prepararse para evitar los signos de vejez en su cara. Una pequeña tiktoker acude a cremas, aguas termales e hidratantes, entre otras, para cuidarse la piel de la inminente vejez, con 40 años de anticipación. Mujer o más bien, niña precavida. 

Como lo asuma cada persona es su problema, pero lamento informarles que no hay cirugía, ni tratamiento para el desgaste natural de los huesos, la columna y las articulaciones, que nos comprueban que, así digamos que nos sentimos de 15, esta afirmación es falsa porque el deterioro del cuerpo es natural e inevitable. Google tampoco miente y, finalmente, todos los seres humanos llegaremos a ese punto de quiebre, de sabiduría mental y desgaste físico, así que quien crea que me insulta diciéndome vieja, yo le respondo “sí, al igual que su madre”. 


viernes, 10 de noviembre de 2023

Yo tuve bulimia




Por: @CamiNogales

Esta historia, que les voy a contar, es de una persona que, aunque no es especialista en el tema, sufrió de bulimia. Dicen que, al igual que el alcoholismo, uno no se cura nunca de los trastornos alimenticios, solo se aprenden a controlar. Esto pasó hace más de 20 años, pero me parece pertinente contarlo porque veo que esta enfermedad crece en adolescentes inconformes con su cuerpo y su entorno. 

Se trata de un problema mucho más complejo, que va más allá de la comida. Cada trastorno es diferente y es la respuesta a unas situaciones, personales y familiares, que han afectado psicológicamente a la persona que los sufre. En mi caso, todo empezó con dietas restrictivas para adelgazar, no en aras de alcanzar una mejor salud, sino como un autocastigo por ser gorda.

La dieta del atún y la piña, comer solo proteínas, someterme a inyecciones dolorosas e intensas jornadas de ejercicio eran el látigo que me daba, y lo único que producían era un efecto contrario: un deseo indescriptible de ‘tragar’, pues no se puede hablar de comer cuando ni siquiera se saborea lo que pasa por la boca, y se comen cantidades incuantificables de harinas, postres y todo lo que sea posible, en cuestión de minutos. Todo esto se hace, a solas, a escondidas de los demás y con sentimiento de culpa, como si se estuviera cometiendo el peor acto delincuencial.

Estas compulsiones no se le cuentan ni al mejor amigo. Con un vacío en el estómago, ganas de llorar y, al mismo tiempo, de vomitar, uno simula que todo transcurre normalmente. En las noches, con pesadez en el estómago, sudores, cargo de conciencia y un alto grado de depresión, se dificultaba conciliar el sueño. 

Al día siguiente, con ese complejo de culpa llegaba al gimnasio a castigarme durante tres horas por el pecado cometido el día anterior. Así transcurría mi vida, y era un círculo vicioso que giraba en torno a la comida. Aunque sabía que me sentiría miserable después de cada atracón, me era imposible detenerme. Es difícil explicarlo con palabras, es como una fuerza superior que lo domina a uno. Los que lo han vivido saben a qué me refiero

Por eso, fui a un endocrinólogo, creyendo que él podría hacer un milagro. Le dije que necesitaba urgente una dieta, a pesar de que había perdido la fuerza de voluntad. Él me hizo varias preguntas y, al final, me respondió: “No le puedo recetar una dieta. Usted tiene bulimia y debe ir al psiquiatra”. Esto fue como un ‘baldado de agua’, para mí, pero en el fondo tenía claro que, este asunto, era mucho más complejo y, por lo tanto, no saldría sola del mismo. 

Ahí empezó mi camino hacia la sanación. Psiquiatras, psicólogos y bioenergéticos han pasado por mi vida. En mi caso, entendí el origen de los trastornos. El problema no era la comida, sino esos dolores de la infancia no gestionados. Cada uno tiene su propia historia, así que la causa de los trastornos está sujeta a la vida del paciente.  

Gracias a esta ayuda profesional no volví a vivir este infierno que, a mis 28 años, me quitaba las ganas de seguir. Entendí que, mi éxito o fracaso, no dependían de una báscula, sino de mi propio esfuerzo. Que el sobrepeso no define a una persona y que hay mucho por explotar dentro de uno. Sin embargo, estoy segura de que no me curé al 100 % porque intento comer saludable, hago ejercicio constantemente, pero los días que, por alguna razón, no puedo hacerlo, entro en conflicto conmigo misma. No me abstengo de comer algo rico, pero intento tener una alimentación balanceada. 

Dicen que, de los trastornos alimenticios, así como del alcoholismo y las drogas, no se sale. Eso lo descubrí, hace poco, porque, en TikTok, lo que más veo son videos de comida y de rutinas de ejercicio. Es decir, la comida que veo, la quemo con los entrenamientos del prójimo. Afortunadamente, esto pasa en la vida virtual y no se replica en la real.  


jueves, 15 de diciembre de 2022

La Paz Total

Por: @CamiNogales
 

Desde el 7 de agosto, fecha de posesión del presidente Gustavo Petro, se habla de la importancia de alcanzar la paz total, una de las banderas del actual Gobierno. ¿Quién no quiere la paz total? Obviamente todos la anhelamos, pero le endilgamos esta responsabilidad solamente a los gobiernos de turno.

 

Pastrana, Uribe, Santos y Duque son, hasta ahora -entre otros- los responsables de que no alcancemos, en su totalidad, lo que siempre hemos soñado. Ahora, con la ‘Paz Total’ del presidente Petro se supone que, por fin, cumpliremos este sueño.  

 

Mientras los gobiernos –históricamente- se han desgastado analizando cuál es la fórmula que les permita alcanzar la paz y los catapulte como los mejores, nosotros seguimos esperando a que ellos actúen. Entretanto, yo me pregunto, ¿cuáles han sido nuestros aportes a la consecución de la paz?

 

Mi respuesta a esta pregunta es “poco o nada”. Basta ver las redes sociales, espacio virtual y epicentro de la intolerancia, y ni hablar de lo que ocurre en las calles. Esa cadena de violencia se rompe el día en que uno pueda llevar a cabo un reclamo, en Migración –en el aeropuerto El Dorado- sin recibir una patada a cambio.

 

Cuando los hombres no maltraten a las mujeres y dejen de alcahuetearse entre ellos mismos esta violencia, como ocurrió con un periodista y su amigo. Este último no solo lo cubrió para evitar que alguien lo viera mientras golpeaba a la novia en un ascensor, sino que le ayudó a sacarla del pelo, arrastrada por el piso, a través de una puerta del garaje, como si se tratara de un bulto de papa.

 

Las ínfulas de superioridad son otro de los espirales de violencia como las de la DJ Camila Gutiérrez, que le pegó a una azafata de Avianca, y le dejó tremendo ‘chichón’, por no dejarla subir a un avión debido a que su tiquete era de otra aerolínea.

 

Un ejemplo similar es el del alto funcionario de la secretaría de Gobierno que, abusando de su poder, mandó a cerrar un bar en retaliación porque –por su estado de alicoramiento- le habían impedido su ingreso.

 

Tampoco se consigue la paz con conductores como el de una camioneta que arrolló a un ciclista –en la carrera 15 en Bogotá- simplemente porque se le dio la gana; ni con un congresista borracho que se dedica a insultar a los policías y pide disculpas al día siguiente, argumentando problemas de alcohol; ni con personajes semejantes a Johnier Leal. 

 

Si se reciben amenazas de muerte e insultos por expresar opiniones, se abusa de la confianza de la gente, se aprovechan de altos cargos públicos para apropiarse de lo que no les pertenece, y el vivo sigue viviendo del bobo, estamos muy lejos de la paz total.

 

El día en que, en un semáforo, el de atrás deje de pitar y de 'putear' –desesperadamente- cuando la luz apenas está en anaranjado; los padres no agredan a sus hijos, a quienes deben proteger y respetarle sus derechos; los carros cedan el paso; los ciclistas, ‘moteros’ y peatones respeten las normas de tránsito; no haya mal parqueados en las calles; las personas envidiosas dejen de opinar sobre lo que no se les ha preguntado; los profesionales reciban ese respeto que merecen por quienes creen que –por su autoridad efímera- tienen la potestad de maltratar, ignorar y pasar por encima de su integridad, y cuando los verdaderos culpables de un robo sean los ladrones y no a los que nos robaron por ‘dar papaya’. Ese día, apenas, estaremos acercándonos un poco hacia ese objetivo porque solo por medio del respeto a la vida y al otro se podrá alcanzar la paz. 

 


Estos son solo algunos aspectos en los cuales debemos trabajar como sociedad (digo debemos porque yo también debo poner mi grano de arena)– de forma paralela- a una mesa de negociación porque de nada sirve la paz del Gobierno, con los grupos armados, si no acabamos con esta cultura violenta en la que nos acostumbramos a vivir.

 

martes, 16 de agosto de 2022

No está mal estar mal

 


 

 Por: @CamiNogales

Esta frase del escritor Mario Mendoza, en una entrevista a mi compañero de la universidad y colega, Jairo Patiño, en la presentación de su libro ‘Leer es resistir’, me quedó sonando. Él habla de las redes sociales y de la positividad tóxica a la que estamos expuestos a diario: “Las redes sociales es un mundo en el que tengo que estar muy pendiente de mí, cuánta gente me dio like, cuánta gente me escribió, cuánta gente me respondió acá, qué me dijeron, yo en Twitter, yo en Instagram, yo en Facebook…yo, yo, yo, yo…selfie, selfie, selfie, yo aquí en el restaurante ‘tal’, yo de vacaciones, y ese pronombre personal de la primera persona del singular se nos ha vuelto un monstruo de narcisismo exagerado…”

 

Sobre el segundo tema, contenido central de este post, asegura que “el establecimiento te manda mensajes todo el tiempo de una positividad tóxica. Entonces tienes que triunfar, ser exitoso, lograr cosas en la vida. Desde por la mañana te levantas mirando frases positivas sobre cómo lograrlo, tú vales mucho, cómo mejoras tu autoestima…y resulta que la vida no es eso, la vida es una suma de cosas. Entre esas, hay cosas de positivismo, chévere, pero la vida muchas veces es enfermedad, dolor, fracaso, muerte, silencio, duelo. Hay una cantidad de sentimientos, emociones que no están mal, que son parte de la condición humana y no hay porque estarlas negando…yo no tengo por qué ser feliz todo el tiempo, no tengo por qué llegar a la empresa y ser el entusiasta, sonriente, que siempre está bien, el que nunca se deprime, eso no está bien. No está mal estar mal. Uno tiene ese derecho. No está mal llorar, no está mal deprimirnos, es un mundo muy duro, todo eso ha generado una patología, un exceso de ese pronombre personal”.

 

Me tomé el trabajo de transcribir estos apartes porque me identifico totalmente con lo que dice el escritor. Estoy aburrida de esta ‘superioridad moral’ de esas personas que promueven la mal llamada ‘espiritualidad'.  Esto lo afirmo a pesar de que todos los días, desde hace muchos años, trabajo en mí. Ha sido algo íntimo y muy doloroso, que no se reduce a repetir frases superfluas, para atraer la abundancia, entre otras, promovidas por los 'gurús' de este positivismo.

 

De acuerdo con mi experiencia, el camino para sanar no está en repetir que soy próspera, hermosa y feliz. Ese camino empieza con la búsqueda de la raíz de los problemas o enfermedades, físicas y mentales, proceso que debe ser guiado por un terapeuta.

 

Por lo general, se originan en situaciones traumáticas que el subconsciente borra para evitar dicho dolor. Parte del proceso de sanación consiste en revivirlas, sentirlas, llorarlas y odiarlas, nuevamente, para concientizarlas. Estoy segura de que lo más fácil sería escoger el camino de la superficialidad, ese que no conduce a ningún lado porque las heridas siguen abiertas, pero escondidas, detrás de una ‘falsa’ positividad.

 

Este movimiento es similar al de una secta a la que no puede ingresar ningún ser humano que sienta una emoción negativa. El fanatismo lleva a la intolerancia y, en un mundo de seres humanos diferentes, no podemos estar peleando con el que no piensa igual; sino, por el contrario, aprendiendo de las diferencias. El argumento para alejarse de quien no comparta ese pensamiento es que ese ser humano vibra en una frecuencia inferior. Yo me pregunto, ¿quiénes somos nosotros para juzgar y decir quién ‘vibra alto’ y quién ‘vibra bajo’?

 

Como soy un ser humano, no un ser de luz, ni levito, ni nada parecido,  a pesar de tratar de superarme, confieso que a veces no lo logro, me estanco, me deprimo, me dan crisis de ansiedad, que tengo que enfrentar y, cuando se agudizan, debo acudir a ayuda profesional. De lo que sí estoy segura es que estas circunstancias no me hacen ser inferior a nadie. 

 

Las palabras de Mendoza son contundentes. Así como hay momentos de felicidad, hay tragedias; etapas de prosperidad y a veces de pobreza; de salud y enfermedad que no se solucionan con un libro, una frase o una visualización. Es la vida. Por eso, al igual que este escritor, yo estoy totalmente de acuerdo en que “no está mal estar mal”. Los más grandes aprendizajes de la vida vienen de los momentos más difíciles, y así como existe la oscuridad también existe la luz.  


 


miércoles, 2 de febrero de 2022

Nací en el 72

 




Por: @CamiNogales

Este post, más allá de ser un camino a la nostalgia de lo que ha ocurrido en mi vida durante este medio siglo, que sería más bien tema para una novela o un thriller psicológico, este es un recuento de los cambios tecnológicos y culturales de los cuales he sido testigo durante mi prolongada existencia.

 

Nací en un mundo en el que solo nos acompañaba un radio –con radionovela incluida- y un televisor en blanco y negro. No existían los pañales desechables y el teléfono fijo era el único medio que nos permitía comunicarnos con el exterior. No había lavadora, sino lavadero para ‘fregar’ la ropa a mano.

 

Eran épocas de ‘forzada’ unión familiar porque solo había un televisor y dos canales. Los principales partidos del Mundial de Fútbol del 78 se podían ver en pizzerías y pantallas gigantes – a color- ; pero en la casa, ni soñarlo. Mario Alberto Kempes fue el mejor jugador de la Selección Argentina, campeona mundial de ese año, y el estadio, que lleva su nombre, no estaba planeado. Luego, con la televisión a color, todo cambió. Me acuerdo de ese televisor Hitachi que, aunque no venía con control remoto, el palo de la escoba hacía su labor.

 

El teléfono no era inalámbrico. Por lo tanto, había que destinar un tiempo prudente –en mi caso, imprudente - solo para hablar. Si buscaba privacidad, era necesario estirar el cable -hasta el baño o un cuarto- con el fin de tener trascendentales conversaciones privadas – a los 12 años de edad -. En esa época, en pocas casas tenían identificador de llamadas, entonces era todo una aventura, llena de adrenalina, reunirse con las amigas y marcar a cualquier número de teléfono para preguntar, “¿Allá lavan ropa?”, escuchar la negativa del otro lado, y concluir diciendo “¡Cochinos!” o escuchar al otro lado del teléfono, a la persona que nos gustaba, decir “aló, aló…hableee, aló…”si la respuesta era con madrazo, mucho mejor.

 

Cuando no podíamos andar en Renault 4, Alpine o Renault 18, carros de la época, cogíamos la buseta directo Caracas, Unicentro, Teusaquillo y no recuerdo cuál más. En época electoral, salíamos en el carro, con afiches del candidato predilecto, a gritar su nombre por toda la ciudad. Por su parte, los contradictores de la época, nos echaban harina. Algo difícil de repetir, ahora, en un mundo tan violento y polarizado. Lo propio hacíamos después de los partidos de Colombia en el que salíamos a gritar, tirar harina y, por supuesto, tomarnos unos guaros.

 

En la grabadora podíamos escuchar los casetes de Abba, Nikka Costa, Menudo, Michael Jackson, Chicago, Air Supply, Luis Miguel…Sacar las letras de las canciones era todo un reto, tocaba retroceder el casete mil veces para entender lo que decían o -más bien- lo que creíamos que decía la canción.

 

El equipo de sonido fue lo mejor que pudo pasar. Los discos de acetato llegaron para hacernos la vida más feliz. El único problema que presentaba era la mota que se le pegaba a la aguja e impedía un buen sonido. También grabábamos casetes, directamente de la emisora, con la voz del DJ incluida.  Esta magia se acabó con la llegada del CD y ahora, con plataformas como Deezer o Spotify. Lo paradójico es que el tocadiscos se está volviendo un objeto de lujo y goce de jóvenes en las casas. 

 

Nuestra distracción era el parque, la calle, los patines. Nuestros amigos pertenecían a la vida real, al colegio o el barrio. Las casas o la tienda eran nuestro punto de encuentro. En la época de Pablo Escobar, cuando estábamos en la casa y sentíamos la explosión de una bomba, solo podíamos conocer la información por radio o esperar a las 7 p.m. para ver el noticiero.

 

También parchábamos en el único centro comercial que había por estos lares: Unicentro. Allí vimos a los famosos Bee Gees de la época, presenciamos tropeles y comíamos helado. Era un lugar en el que no hacíamos absolutamente nada, pero allá llegábamos, puntualmente, todos los fines de semana.

 

Durante la famosa Hora Gaviria –medida de racionamiento de luz que rigió durante el gobierno de César Gaviria- aprovechábamos ese rato para vernos, a oscuras, con nuestros amigos y no hacer nada, pero lo importante es que estábamos juntos y en la calle. Tiempos aquellos en los que nació la Luciérnaga de Caracol, que tampoco la escuchaba porque mis amigos me divertían más.

 

Con la llegada de la ‘perubólica’, conocimos a la afamada Laura en América, la Inka Cola y ampliábamos nuestra cultura con el Show de Cristina. Esta fue la primera puerta al mundo que se abrió y nos permitió soñar con Quinceañera, Cara Sucia, Alcanzar una estrella y Muchachitas.

 

En el cine veíamos las películas de moda como E.T., Flashdance o Regreso al Futuro y, para ver en casa, –gracias al Betamax- alquilábamos las de nuestro gusto en Betatonio o Blockbuster. Ahora las plataformas como Netflix, Star Plus y Amazon Prime son las que ocupan la mayor parte de nuestro tiempo en el televisor.

 

En lugar de Google, tocaba ir a bibliotecas o a la casa de la amiga que tuviera muchas enciclopedias. Yo, por mi parte, no hacía ninguna de las anteriores y los resultados eran proporcionales a mi trabajo investigativo. El Álgebra de Baldor fue uno de los detonantes de los principales traumas que enfrentamos -como adultos- los de mi generación.

 

Aunque crecimos al ritmo de Cindy Lauper, Whitney Houston y Madonna, nuestros modelos a seguir, el rock en español fue lo mejor que pudo pasar. Charly García, Soda Stereo, Toreros Muertos, Hombres G y Los Prisioneros y, para escuchar su música, llamábamos a las emisoras, pedíamos canciones y hasta las dedicábamos. ¡Sí, qué oso!

 

Las primeras fiestas con Miniteca fueron lo mejor. The Best Megafiesta era lo más play de ese entonces. Bailábamos al ritmo de Call Me, Boys, Boys, Boys, Pump the Jam, Who’s Bad…en fin. Fui testigo del nacimiento de Crepes, Von Glacet y Burger King así como de la desaparición de Keops y La Perrada de Édgar. 

 

Cuando queríamos saber la hora, llamábamos al 17 -posteriormente 117-. En la calle siempre teníamos monedas reservadas para llamar por teléfono público y, cuando tocaba llamar a larga distancia, lo hacíamos desde cabinas telefónicas. Fue una época de telegramas, cartas y diarios. Con el beeper empezamos a ser más ubicables, con la ventaja de que se recibía el mensaje, pero, el usuario del mismo, respondía a su discreción. El celular era, en un principio, un teléfono para recibir o hacer llamadas –dependiendo del plan-. Yo era prepago…perdón -aclaro para evitar malos entendidos- estaba suscrita a un plan prepago y, por lo tanto, solo podía hacer lo primero.

 

En periodismo, para acceder a un personaje la única opción era que contestara el teléfono fijo. De lo contrario, tocaba hacerle guardia afuera de su casa o de la oficina. Las grabadoras eran un útil imprescindible para un estudiante de la carrera, así como el directorio de fuentes y la máquina de escribir Remington, la cual fue reemplazada por el computador.

 

Acceder a internet desde el celular y chatear fue todo un descubrimiento revolucionario. No sabíamos que esa era la ventana hacia la pérdida total de la independencia. Las redes sociales, ni hablar. Nunca nos imaginamos poder chatear, acceder -en tiempo real- a todas las noticias del mundo, contactar a los personajes y conocer lo que piensan. Ni stalkear o tener contacto con esos compañeros del colegio o gente que ya habíamos dejado en el olvido. En mi época, la única que se podía caer era yo; ahora la verdadera tragedia es que se caiga internet porque, con su caída, se nos acaba la vida social, familiar, académica y laboral.

 

La mayor revolución, en este medio siglo de vida, fue la pandemia, que nos recordó que, más allá de estos avances, en lo básico está la verdadera felicidad.


miércoles, 29 de diciembre de 2021

Mis deseos para el 2022


 

Por: @CamiNogales

Estamos a tres días de acabar el 2021 y yo, desde ya, comienzo a preparar mis doce deseos porque no quiero que el viernes, a la medianoche, me sobren las uvas.  

 

El primero y más importante que no es solo para mi, sino para todos los colombianos -lo que da cuenta de mi actitud poco egoísta y me hace merecedora de un mejor año que a ustedes- es la devolución de los $70.000 millones del anticipo que MinTIC le dio a Centros Poblados. Recuerden que el origen de ese monto proviene de los impuestos que pagamos juiciosamente porque, si no lo hacemos, a diferencia de estos contratistas, a nosotros sí nos cae todo el peso de la ley.

 

No quiero volver a escuchar las palabras ‘ecsenario’, ‘tatsi’, ni ‘setso’, ni leer los horrores, ortográficos y de redacción, de quienes postean en redes. Así como se esmeran con las fotos que publican, hagan lo propio con la redacción y ortografía. Esta es la imagen profesional que proyectan.

 

También exijo respeto por los fans de la pizza hawaiana, del pan de bono con bocadillo y del buñuelo con arequipe. No somos unas malas personas.

 

Pido, urgentemente, que vuelva el Té Matcha a Juan Valdez. Me rehúso a resignarme al capuchino, al latte, granizado o al americano. No quiero saber más de los ‘happycondriacos’, personas para quienes la felicidad es un deber en la vida. Bien lo resume el psicólogo Édgar Cabanas, quien asegura que la felicidad se ha vuelto "egoísta", se ha convertido en un "negocio", en "un producto de consumo". (Tomado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-59669595). Les recuerdo que la vida tiene matices.

 

Quiero un año sabático, remunerado, para dedicarme a escribir e ir a conciertos, aquí y en el lugar del mundo que corresponda. Mis mayores deseos para mi y para quienes vivimos en Bogotá son menos trancones, menos cráteres y más seguridad. Tampoco quiero volver a escuchar o leer palabras como empatía, empoderamiento y resiliencia.

 

Si no es mucho pedir, les solicito a los congresistas aprobar, en el primer periodo legislativo, el proyecto radicado por Angélica Lozano y Mauricio Toro, ‘Contratistas con derechos’. Si somos mayoría, nos merecemos una mejor calidad de vida laboral.

 

Sería bueno que también aprobaran la iniciativa del representante Gabriel Santos de reducción de vacaciones para los ‘honorables’ y de paso el de reducción de salarios, pero creo que la palabra ‘reducción’ no es compatible con sus intenciones legislativas.

 

Quiero un 2022 sin Covid, gripa, pruebas PCR, ni tapabocas.

 

Este será un año electoral en el que hay que votar para, después, no llorar, ni marchar. Voten por el mejor y no por el menos peor. Lean, investiguen, vean noticias, escuchen y habrá alguien que se ajuste a lo que ustedes consideran es lo mejor para el país. Hagan uso de su buen criterio.

 

Les deseo un 2022 con mucho amor, música, risas, salud, haciendo lo que se les dé la gana y siendo felices. Solo buenas vibras para los que me quieren, y para los que no, también. ¡Feliz 2022!

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Mi paso por el quirófano 2 (Preguntas - Respuestas)

 

Por: @CamiNogales

Ha pasado un mes y medio después de la cirugía y aún me formulan muchas preguntas al respecto. En este post responderé las más comunes y les contaré la evolución de mi recuperación. Insisto en que se trata de dejar información útil para quienes la requieran en un momento dado. Eso sí dejo la salvedad de que cada cuerpo es diferente, al igual que su reacción al procedimiento. Tampoco sé nada de medicina. Así que aquí les hablo de mi propia experiencia, que puede ser muy diferente a la suya.

 

¿Cómo se llama la cirugía?

Mastopexia de reducción.

 

¿Por qué me la hice?

Porque sí. Es un tema estrictamente personal que solo me importa a mi… Siguiente pregunta.

 

¿Cuánto duró el procedimiento?

Cuatro horas y media.

 

¿Cuánto vale?

Esa es una pregunta muy frecuente. De hecho, algunas amigas me pedían que preguntara cuánto costaba una liposucción para ellas o cualquier otra cirugía estética, inquietud que no puedo resolver porque cada cuerpo es diferente y, por esta razón, es necesaria una valoración previa del médico.

 

¿Cómo queda la cicatriz?

Es en forma de T invertida. Después de que sana completamente la herida, es preciso hacerse masajes con crema para que quede una cicatriz muy delgada. Esa etapa aún no la he empezado porque mi herida está terminando de sanar. En 15 días me darán las respectivas instrucciones.

 

¿Por qué se ha demorado tanto en sanar?

En estas cirugías hay puntos internos y externos. Los externos me los quitaron, pero el organismo me rechazó dos internos: uno a cada lado, con la mala suerte de que uno de ellos se infectó. Este es uno de los tantos riesgos de una cirugía. Son cosas que pasan y, en este caso, mi sistema inmune los rechazó. No fue necesario antibiótico. La herida se curó a punta de panela. (Después no digas que no te avisamos).

 

¿O sea que ya está bien?

Sí, pero aún debo ponerme gasas vaselinadas en las cicatrices y usar el mismo brasier postquirúrgico.

 

 ¿En qué talla de brasier quedó?

Todavía no tengo nidea. Sigo usando brasier postquirúrgico (como les dije anteriormente), incluso duermo con él. Debajo tengo gasas que me protegen. Por ahora, está descartado cualquier otro tipo de brasier. Sí es incómodo, pero pues al que le gusta, le sabe. Y no sé todavía cuál será mi nueva talla. Cada día trae su afán y, en su debido momento, tendré que ir a comprar.

 

¿Duele?

No duele. Primero porque se pierde la sensibilidad en la zona y porque mi cirujana tiene una mano muy suave. Una vez se empieza a recobrar esta sensibilidad, los puntos fastidian mucho. A veces se sienten corrientazos (no he sentido muchos) y la herida rasca. Más que doloroso, a veces es incómodo, pero no es tan terrible como uno se lo imagina. Incómodo es dormir boca arriba con varias almohadas, por eso uno de los grandes logros de la recuperación es volver a dormir de lado, pero con cuidado. (Salió en verso).  

 

¿Está feliz?

Normal, creo que aún estoy asimilando lo que me hice y todavía no me siento cómoda porque sigo en proceso de recuperación. Sí es algo que quería hacerme hace muchos años y, pues, todo es un proceso. Es un cambio muy positivo de salud física y mental. La espalda ya no molestará, mejorará la postura y me podré poner lo que quiera. Los cirujanos hacen magia con esas manos. Considero que uno también debe hacer una terapia de reconocimiento.

 

¿Cada cuánto tiene control?

A día siguiente de la cirugía, sin ganas de nada, tenía que ir a control. Durante dos semanas fui todos los días. A los 10 días me quitaron puntos intermedios, y a los 20, todos los puntos. Después, empecé a ir día de por medio para que me hicieran mis curaciones en el punto infectado. Luego “aprendí” a hacerme las curaciones e iba cada quinto día. El aprendí entre comillas se debe a que, cuando estaba sanando la herida, me hice una curación mal y no les cuento más…Por algo no soy enfermera.  

 

¿Cuándo se puede volver al gym?

En estos procesos hay que ser muy paciente. A pesar de ser una ‘paciente impaciente’, no he tenido otra opción que aguantarme porque cada decisión se va tomando paso a paso dependiendo de cómo reaccione el cuerpo. Siempre es un paso adelante, pero es largo. Cuando la doctora me dijo que eran dos meses sin ir al gimnasio, pensé que era una exageración, pero con el tiempo he constatado que no. El día que vuelva, tendré que empezar de ceros: combatir la pereza que me da porque perdí estado físico adquirido, y el ejercicio es muy desagradecido.

 

Se me olvidaba, desde la tercera semana pude volver a manejar.

 

Es que fue una cirugía grande: una reconstrucción en una parte muy delicada del cuerpo, y eso es lo que se decanta solo con el paso del tiempo. En este momento, estoy feliz porque la herida ya sanó. Mañana será otro día y avanzaré en otro aspecto. Pero esto es como la terapia del alcohólico, un día a la vez.

 

¿Se arrepiente de habérsela hecho?

En un principio uno desconoce la magnitud de lo que se va a hacer. Eso solo se va descubriendo con el transcurso del tiempo. Pero pues de eso se tratan las grandes decisiones en la vida. Si uno piensa, pierde. Esa es de las cosas que, una vez decididas, se deben hacer de una, sin mente. Lo que sí ocurre es que a veces la impaciencia me supera y quiero volver a mi vida anterior ya. Pero, como eso no es posible, debo respirar y seguir con los cuidados. Es mi salud.

 

P.D. Este es un consejo, de pura ‘sapa’ que soy. El día que usted tome la decisión de hacerse una cirugía estética, hágasela por usted mismo, no por los demás. Es un tema demasiado personal y a nadie más le importa. Esto lo digo porque he escuchado decir que se harán la lipo para que el man con el que salía, el cual no les paró bolas, las vea divinas. Y pues con lipo o sin lipo, la situación no cambiará. Es algo que uno hace solo por uno mismo. El que la quiere, la quiere; el que no, pues no.