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domingo, 17 de julio de 2011

Cielo o infierno


No sé por qué todo el mundo da por sentado que, cuando uno se muere, se va al cielo. ¿Y el infierno? ¿No existe? ¿Quién me lo puede asegurar? Siempre que hablamos de alguno de nuestros seres queridos, fallecidos, decimos que están en el cielo.

¿Será que el hecho de ser cercanos a nosotros les garantiza la llegada al Paraíso? Y los pecados que cometieron, ¿dónde quedaron? Aún no hay claridad al respecto y, por esta razón, todavía no sé a dónde iré a parar, si al cielo o al infierno.

La primera vez que cometí un pecado fue el de la gula. Tenía cuatro años y me tragué, literalmente, un huevo duro entero, pero no me atoré, ni me pasó nada grave. Pero, el cúmulo de pecados similares, me llevó a pesar unos cuantos kilos demás. Después de llegar al punto máximo de la gordura, opté por comer saludable y hacer ejercicio. Lo que equivale a 10 Padres Nuestros y 8 Avemarías, así que yo creo que, por ese lado, me salvé.

La primera vez que dije una grosería, tenía como cinco años. Me subí a una banca, que estaba en la cocina, y grité: “¡Hijueputaaa! (sic)”. Pero eso no fue todo, me caí de la banca, me pegué durísimo, y llegó mi mamá a rematarme, por grosera. Con esos dos golpes, yo creo que ya quedé perdonada.

La primera vez que me emborraché, los abuelos de una amiga llamaron a mi mamá para que me recogiera. Ella llegó, me buscó en el baño y allí estaba yo, en el excusado. Cuando la ví, me paré, la abracé, me puse a llorar y le dije que la quería mucho. Yo creo que, con semejante muestra de amor, quedó superado.

Cuando estudié Comunicación Social en la Tadeo y la maestría en Administración Pública en la ESAP, me destaqué por ñoña. Es más, todavía quiero seguir estudiando…así quedaron resarcidos los cuatro colegios por los que pasé y el magíster, que hice, en primero de bachillerato.

La última vez que me confesé lo hice con el cura del barrio, hace unas cuantas décadas. A él le dije unas mentiritas piadosas. Me decía: "me imagino que no dice groserías", y yo le respondía “no, Padre, cómo se le ocurre”. Tampoco es grosera en su casa y yo lo miraba con mi carita angelical y le reiteraba que “no”. Así las cosas, la penitencia no fue nada del otro mundo. Lo malo es que, por este lado, sigo en deuda.

En mi adolescencia, me despertaba como a la 1:00 p.m. Una vez eran las 4:00 p.m. y yo seguía dormida. Mi mamá entró a mi cuarto y se me acercó para cerciorarse de que yo todavía respiraba...Tan de malas porque constató que ahí estaba yo, vivita y coleando. Ahora, me despierto a las 5:30 a.m. para hacer ejercicio y trabajar, con el fin de que me rinda el día. Así que el pecado capital de la pereza ya no lo estoy cometiendo. Por lo tanto, vamos 50 – 50.

Sobre la codicia y la envidia, tengo mis reservas. ¿Es que acaso no es humano soñar con una fortuna como la de Carlos Slim, de 53.500 millones de dólares? Si la envidia es un pecado, ¿entonces por qué existen en este mundo mujeres como Jennifer Aniston, con semejante cuerpo, ex esposa de Brad Pitt, una de las solteras más cotizadas y, además, talentosa actriz de Hollywood? Ah se me olvidaba, y vive en Malibú, pero no en el barrio que queda acá, junto a El Batán.

Algunas veces juré el nombre de Dios en vano, pero era para salvarme de alguna ‘vaciada’. Sin embargo, al hacerlo, hacía chulo con una mano lo que invalidaba dicho juramento. Así que estoy tranquila. Tampoco he dicho un falso testimonio, sólo mentiras piadosas ocasionales, como la tarea que se me quedó en la casa o la que se comió el perro, justo antes de salir a esperar la ruta. Alguna que otra enfermedad para no ir al colegio, o para que me recogieran del mismo.

No he podido amar a todos los prójimos como a mí misma. Pero es que uno no puede querer a todo el mundo que se le pasa por el frente y menos a unos cuantos petardos que se le aparecen en la vida. Yo sé que los humanos tenemos defectos, pero hay unos cuantos que abusan.

En ningún lado he leído que salir a rumbear y tomar trago sea pecado. No lo creo, porque, de hecho, hay que “santificar las fiestas”, y así lo hice siempre. Pero si fuera pecado, ya estaría tranquila, porque, desde hace varios años, ni salgo a rumbear, ni tomo. Así que ya estamos a paces, aunque esto sea, más bien, consecuencia de la sejuela. Hmm…pero si hay que “santificar las fiestas” y ahora no lo hago, ¿entonces a dónde iré a parar? Ahora sí me enredé y me preocupé.

No sé si desearle a una flaca que engorde, a un rico que se empobrezca, a un inteligente que se embrutezca, a un exitoso que fracase, o a un famoso el anonimato, sean deseos impuros. Si así lo son, estas reflexiones me permiten concluir que ya no hay nada que hacer: empiezo a empacar maletas para irme para allá abajo.

Lo único bueno, según dicen, es que hace calor, y como yo llego de Bogotá, el infierno será, para mí, el paraíso. Además, no descarto encontrarme con muchos de ustedes allá. Por favor, los que sigan vivos no les vayan a mentir a mis seres queridos con que yo me fui para el cielo, simplemente muéstrenles mi Blog y ellos lo entenderán porque el cielo no es para todos, ni hay cama pa tanta gente.

El anonimato


No niego que, cuando chiquita, soñaba con ser famosa. Cuando era fan de Menudo me imaginaba la situación contraria…que era yo la que daba un concierto y los hombres lloraban y se desmayaban al verme, me tiraban calzoncillos al escenario, lugar al que se subían para robarme besos.
 
Pensaba que, gracias a mi fama, no tendría que hacer filas en un banco porque cuando los cajeros veían que yo estaba ahí, se peleaban por atenderme. Mejor dicho…que la vida y cada lugar que pisaba me tendrían que pagar sólo por el privilegio de verme.

Soñaba que me codearía con los más famosos, todos los diseñadores y asesores de imagen estarían a mis órdenes, me cerrarían los centros comerciales para ir de compras y tendría varias mansiones. De sólo imaginarme que los guardaespaldas me salvarían de los paparazzis que me querían tomar fotos, y de todos los que se me acercarían sólo para pedirme un autógrafo, me sentía una afortunada.

Pero todo este video sólo pasó por mi mente, aunque nunca negué mis deseos. Cuando un adulto hacía la típica pregunta estúpida de qué quería ser cuando grande, mi respuesta era simple y contundente: “quiero ser famosa”. Pero, el problema era que yo no sabía cómo iba a alcanzar el tan anhelado estrellato.

Lo primero que hice fue incorporarme en el coro del colegio porque allí haría mis primeros pinitos como cantante. El problema surgió cuando me sacaron del mismo porque el tono de mi voz era un poco más gruesa -los que me conocen saben que ‘un poco’ es un decir- que el de las demás niñas y yo desistí en el acto. Así que, desde entonces, decidí cantar sólo en mi casa, lo que también me generó un problema familiar: “Ojalá se aprendiera las lecciones, igual que las canciones”, me decía mi mamá, en un tono poco amigable.

Como todos saben la fama es efímera y justo cuando la alcanzaba por cuenta de la incomprensión de los profesores, me veía obligada a salir de ese colegio y a comenzar a labrar, desde ceros, mi fama en otro lado.

De hecho, estuve ad portas de la fama un domingo en la ciclovía, en frente de La Perrada de Édgar, ubicada cerca a Unicentro. Estaba con una amiga y se nos acercaron dos tipos con una cámara de televisión. Yo me dije a mí misma: “aquí fue”, creyendo que se trataba de unos cazatalentos. Pero no lo eran…trabajaban en el programa ‘Hoy es Viernes’ y nos dijeron si podíamos decir: “fuego mucho fuego” cada una a un lado de una caneca de payaso y lo hicimos. Salimos en televisión, pero nadie nos vio, ni nos volvieron a contactar. No obstante, puedo dar fe de que se trató de una actuación memorable.

Años después, decidí estudiar Comunicación Social y Periodismo y, desde entonces, cambió mi perspectiva de la fama y me gustó más el anonimato de la escritura. Desde entonces, acepté que soy un ser humano común y silvestre, pero no Dangond, que tiene que trabajar para llevar la ‘papita’ a la casa. No he sido víctima del acoso de los Periodistas, sino que me convertí en esa Periodista que busca, hasta el cansancio, a los famosos.

Ahora, contrario a lo que me pasaba cuando chiquita, disfruto de las ventajas del anonimato. A nadie le importa si entro o salgo de mi casa, con quién lo hago, a qué me dedico…en fin. Si termino con mi novio después de 11 años y opto por salir con un futbolista 10 años menor que yo, les da lo mismo. Al respecto, sólo opinará mi familia, que por fortuna no es muy numerosa y no lo publicarán en ningún medio de comunicación, porque ninguno de sus integrantes es Periodista y aunque lo fueran, como no soy famosa, este hecho no es noticia.

Si peleo con alguien en un bar y, a ese alguien, le arranco la nariz podré tener problemas judiciales, pero el incidente no perjudicará mi carrera artística. No creo que ningún ex novio suba a Youtube un video íntimo porque no me dañará ningún matrimonio, ni le ofreceré plata para que se abstenga de hacerlo.

No tengo que comprar los derechos de autor de imágenes del pasado que, en la actualidad, me avergüencen y podrían tener alguna repercusión en mi carrera.

Tengo derecho a creer y afirmar que Confucio inventó la confusión o aseverar que la mujer es el complemento del hombre, argumentando que “…el hombre se complementa al hombre, mujer con mujer, hombre con hombre y también mujer a hombre del mismo modo, en el sentido contrario…”

Más allá de la risa de quienes me acompañan, mi ignorancia no tendrá mayor repercusión y no se perpetuará. Tampoco me debo a mi público, ni a mis seguidores – que son más bien pocos - así que podré hacer lo que me venga en gana. Aunque no niego que ir a un concierto me hace revivir esos deseos infinitos de fama, con los que soñé cuando era niña, me doy cuenta que el anonimato es la mejor opción de vida.