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domingo, 17 de julio de 2011

Atropellada por la tecnología


Para una persona, nacida en la 'Edad de Piedra', no ha sido nada fácil adaptarse a la tecnología y mucho menos a su vertiginoso avance. La primera vez que me vi obligada a enfrentarme a ella fue en la Universidad. En primer semestre comenzamos a ver Sistemas en un aparato gigante y lo único que yo sabía hacer, como buena mecanógrafa, era digitar bien las palabras.
 
Del resto, era una tortura para mí. Lo peor comenzó en clase de Diagramación. Diosito me dio el talento de escribir o, al menos, eso creo; pero de diseñar, y en computador, menos. En el salón de sistemas yo vivía, literalmente, perdida. La solución a mis problemas y a quienes sufrían con esta clase, la tuvieron dos compañeros que hicieron negocio con nosotros. Ellos nos hacían los trabajos no recuerdo por qué precio, pero en ese momento, era lo de menos.

Lo cierto es que quedaban perfectos, el problema llegaba en el momento de la sustentación, cuando salía llorando del salón porque como, obviamente, no había hecho nada, no tenía ni idea de cómo se hacía y, por lo tanto, cuando el profesor me preguntaba, me paraba del puesto y me iba...Aparte de cotuda, con paperas.

Antes del celular, existía el beeper. Este sistema mediante el cual, a través de una central, le enviaban mensajes al dueño. Eso sólo lo tenían los más plays, que se lo colgaban en el pantalón, pero yo nunca lo fui. El papá de mi amiga tenía uno y una noche, que nos íbamos de rumba, se lo prestó. Ustedes no se imaginan el par de montañeras, pendientes de ese aparato. Cuando por fin se nos olvidó su existencia, mi amiga, que en un momento se alejó, llegó a donde yo estaba, gritando, con una cara de sorpresa que no podía con ella: “¡Cami, el beeper. Está pitando!” En lugar de mirar el mensaje, yo le respondí, igual de sorprendida, “¡¿Qué hacemos?!” Todo esto, a puro grito, en un lugar público.

Luego llegó el celular. Era toda una ‘panela’ a prueba de cualquier golpe. Yo fui de las últimas que compré este aparato, pues no lo creía indispensable en mi vida. Me rebelé de sólo ver a mis compañeras de la U, usando el celular para llamarse entre ellas mismas y preguntar: “¿Dónde estás?”, a lo que la otra le respondía “en el baño”. “Ah bueno, es que vamos a la cafetería”. Aunque me rehusé, por un tiempo, a usarlo, no tuve más remedio.

Sin precedentes, fue la llegada de Internet y el correo electrónico . Yo me capacité para aprender a usarlo y estar a la vanguardia. En un principio, me costó mucho entender cómo era posible mandar un e mail a cualquier lugar del mundo y que éste llegara inmediatamente, si yo no había pagado por ese servicio. Ni siquiera el adicional por la entrega inmediata.

Procuré no preguntar nada y simplemente repetir, como autómata, todos los pasos, los cuales quedaron consignados en un cuaderno. Tampoco podía creer que existía un buscador, que me permitiría investigar de todo en la red. No entendía cómo funcionaba, tampoco pregunté…para ser franca, todavía no lo entiendo, pero igual lo uso.

El Messenger ya sobrepasó todos los límites de lo imaginable. No sé ni cómo lo abrí, pero cuando, por primera vez, un amigo me empezó a hablar, estaba en la oficina y salí corriendo donde el de Sistemas a decirle, muy asustada, lo que ocurría. Él no soltó la carcajada por respeto, pero sí tenía una sonrisa picaresca en su cara, cuando me explicaba que por ese medio se podía chatear. Después, quién me aguantaba, chateando y diciendo que Internet era una maravilla porque podía hablar, en tiempo real, con mis amigos, en cualquier lugar del mundo. Esto ya era demasiado.

Subirle el volumen a los radios de los carros o cambiar de emisora no tenía ninguna ciencia. Un día me subí en el carro de mi primo. El cambiaba de emisora, pero no tocaba el radio. Yo, apenas, miraba de reojo. Después dije que me gustaba una canción y él le subió el volumen, pero tampoco tocó el radio. Seguía callada…hasta que no pude más y le pregunté que si era ‘The Mentalist’ o tenía el don de la telepatía. Él se rió y empezó a explicarme que lo hacía desde el timón.

Jugué tennis en Atari y cuando iba a aprender cómo se jugaba en Nintendo Wii, mi primo, con raqueta en mano, me iba a explicar. Yo estaba muy atenta, tanto que, al empezar el juego, me le acerqué más de la cuenta para poder observar y aprender rápidamente. Él, concentrado, comenzó a jugar y yo me gané tremendo raquetazo en el cachete, por acercarme demasiado. Les juro que, desde entonces, aprendí. Estoy totalmente de acuerdo con que la letra con sangre entra.

El día que ví un iPad en vivo y en directo, casi me desmayo. ¡Ya no necesita mouse! Es digital y no pesa nada. Como siempre, cuando me lo mostraron, fingí naturalidad, hasta que no pude más y tuve que preguntar cómo era posible escribir sin teclado. Pues el teclado sale en la pantalla, así de simple…para quienes avanzan a diario con la tecnología; pero para quienes nos atropella, todos los días, es inexplicable. Y ni hablemos de mi mamá y mis tías que viven mirando el computador de reojo con el ceño fruncido, como sospechoso cada vez que alguien me habla por Messenger o estoy en TweetDeck. Esto no acabó acá, ni acabará nunca.

Yo, por mi parte, seguiré sin entender que, a pesar de que soy un ser humano, de carne y hueso, real, para ustedes soy sólo virtual; porque, gracias a la tecnología, ahora existen dos mundos: el virtual y el real.

Nací en la Edad de Piedra


Lo reconozco, soy Homo Sapiens, nacida en la Edad de Piedra, época en la que el máximo adelanto tecnológico era el televisor en blanco y negro. Gracias a Alexander Graham Bell teníamos un teléfono fijo, al igual que una nevera y un transistor, cuyo nombre suena mejor con tilde en la í, o sea transístor, para escuchar radionovelas.

No crean que, porque no tenía lavadora, no se lavaba. Pues claro que sí, pero a mano, y en el lavadero. Por eso uno de los verbos con los que me familiaricé desde chiquita fue “refregar” y las muchachas de servicio que, por lo general, eran internas, se la pasaban “refregando” o, en su defecto, “restregando” la ropa. Lo más grave del asunto era el aseo de los pañales.

En ese entonces, no existían los desechables, sino que eran de tela tipo garza, así que cada vez que el bebé (o sea yo) se hacía popó, lavaban el pañal. Les soy franca que, después de conocer este detalle, me da mucha vergüenza con mi mamá y con las muchachas que trabajaron en mi casa. Mi consuelo son mis contemporáneos, que pasaron por la misma situación.

De lo que se veía en televisión tengo recuerdos vagos. A Alfonso Lizarazo y su ‘escuelita en el corazón’ lo veo desde que tengo uso de razón y lo acabé de corroborar, pues ‘Sábados Felices’ nació en 1972”, al igual que ‘El Show de Jimmy’. En ese entonces, era tal la escasez de galanes que mis amores platónicos fueron Jimmy Salcedo y Billy Pontoni, cantante del que no me acuerdo de sus éxitos musicales, pero sí que una tía me arrebató esa ilusión, cuando fue su novia.

Cuando tuvimos ‘toca discos’ fue lo máximo. Lo único que, a ratos, me disgustaba era la mota de algodón que se le pegaba a la aguja y tocaba soplar para poder escuchar bien el ‘tema musical’. Cuando pienso en este maravilloso electrodoméstico, es inevitable acordarme de Idaly. Ella era la muchacha que me cuidaba y tenía un novio que se llamaba José. Un día José le terminó, pero la citó en el parque de la esquina, para entregarle un disco de desprecio. Ella no tuvo otra opción que llevarme a la dichosa cita y, a la vuelta, pusimos el famoso disco. “Tú eres la chancla que yo dejé tirada, en la basura a ver quién te recoge. ¡Ingrata, fea, piojosa, greñuda!”, decía una de las canciones que José le dedicaba a Idaly. Después de eso, nadie me sacaba de su cuarto, en el que yo le pedía, una y otra vez, que repitiera esa canción, cuya letra me llevaré a la tumba.

Cuando crecí un poco más, llegó a Colombia la televisión a color. Toda una revolución. El problema es que mi televisor seguía sin control remoto. Sólo, después de visitar a unas amigas, me dí cuenta lo poco recursivas que éramos en mi casa. Ellas se acostaban en la cama a ver televisión, tenían una escoba a su lado y, cada vez que querían cambiar de canal, lo hacían con el palo de la misma. ¿Cómo no se me ocurrió antes?

En el colegio, comencé a ver clases de Mecanografía y tenía que cargar con la máquina dos veces a la semana. A ésta se le tapaban las letras para poder aprender a escribir sin mirar el teclado. ¿Quién no se lesionó el dedo meñique haciendo la plana ASDFG ÑLKJH justo en el momento en que se digitaba la A y la S o la H y la J? Y si dañó la hoja, de malas, a repetirla.

Tampoco existía la tecla enter, sino una palanca para cambiar de líneas y un timbre que avisaba cuando llegaba al borde de la hoja. La cinta era la que permitía escribir en el papel, que equivaldría al cartucho de la impresora. Yo no sé si mis dotes de digitadora los adquirí gracias a este magnífico invento.

Además, escuché música en Walkman, aunque debo reconocer que nos veíamos algo extraños con esos audífonos que se parecían a las orejas de ALF y cuyo aparato era un poco pesado. Pero ahí podía meter el casete y escuchar la música que quisiera, de dudosa calidad, porque era grabada de 88.9 con la voz de Alejandro Villalobos de fondo. Las canciones del casete no pertenecían a un solo género musical, sino que era más bien crossover.

También tuve el privilegio de escribir y enviar cartas por correo. Las escribía en esquelas y se las enviaba a mis amigas en otras ciudades. En lugar de chats, para conocer amigos de otras partes del mundo, había que inscribirse a algo así como ‘Pen pals’, y se intercambiaba correspondencia con personas de la edad de uno en el mundo entero. Pero muchas cartas se quedaban escritas porque, a veces, el ejercicio de ir al correo a que le pusieran la estampilla y guardarla en el buzón, me daba cierta pereza.

Así fue mi vida sin tecnología. La falta de celular fue una ventaja porque si uno se desaparecía, no había poder humano que lo encontrara. Aunque para mí fue lo mejor, creo que mi mamá y hermana no opinan lo mismo. A ellas les hubiera gustado que, en ese entonces, existieran los brazaletes de seguridad para presos, que permiten ubicar al condenado donde quiera que esté.

Cuando no quería saber de nadie, simplemente desaparecía y las posibilidades de reencuentro eran mínimas, mientras que, ahora con Facebook, lo encuentra el mismísimo Jaimito 'El Cartero', independientemente de que esté en Tangamandapio. Asimismo, investigaba en enciclopedias, pero sin la Británica, tenía la disculpa perfecta para no hacer tareas. Esta excusa no sería válida con Google a bordo. Así las cosas, digo con orgullo, que tuve el honor de haber nacido en la Edad de Piedra.