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domingo, 12 de agosto de 2012

Tan olímpicos






Para no desentonar con la coyuntura opté por hablar de los olímpicos, pero no de los deportistas que participaron en Londres, sino de esos que nos encontramos en el camino de la vida. 

Los primeros que vienen a mi mente son unos amigos que, cada vez que yo cumplía años, me hacían visita y siempre pedían prestado el teléfono. Luego, cuando llegaba el recibo de este servicio, aparecían muchas llamadas a larga distancia del día de mi cumpleaños. ¡Qué casualidad!  

Otra olímpica, perdón, otra amiga que solía visitarme, creía que mi casa era la de ella, así que si tenía hambre no tenía ningún reparo en pararse, ir a la cocina y abrir la nevera, para sacar su comidita.

Yo también he sido olímpica en algún momento de mi vida. En una Navidad mi mamá me encargó entregarle una botella de vino al celador de la esquina de la casa y yo, cuando iba a mitad de camino, con dos amigas, me arrepentí y nos llevamos la botella a un parque y ya se imaginan en qué terminó esto.

En mi fiesta de 15, que no fue con vestido de moño, sino más bien casual, una amiga me pidió prestado sólo una blusa, cinturón, falda, medias y zapatos. Menos mal nadie se pilló que esa pinta era mía.

Un man que ‘supuestamente’ me quería conquistar me llamó una tarde y me dijo que nos encontráramos en un café, yo llegué allá, pedimos un capuchino, no recuerdo con qué. Lo que sí me acuerdo perfectamente es que cuando llegó la cuenta, este hombre se dio cuenta que no llevaba plata y adivinen quién tuvo que pagar.

Después fue a la casa por plata y me invitó a otro sitio, pero no me dio opciones, simplemente pidió dos cervezas. A mí no me gusta la cerveza, lo que fue una ventaja para este olímpico que, en lugar de ofrecerme otro trago, cogió mi botella y se la tomó. A mi juicio, él es el merecedor de la medalla de oro.

Pero a un amigo le ocurría algo parecido, cada vez que me iba a invitar algo, se le quedaba la billetera.

En clase de Redacción en la Universidad, nos tocaba escribir una nota de un tema y una compañera entregó, al día siguiente, su trabajo. Era, nada más y nada menos, que el mismo artículo que había sacado El Tiempo, sin cambiar una sola coma.

Cuando vivía sola, una amiga peleó con su marido y llegó a mi casa. La sorpresa fue la maleta que llevaba, más grande que ella, y con toda su ropa empacada. A que no adivinan dónde tenía planeado vivir.

Esos han sido algunos de los olímpicos particulares que recuerdo. Pero en la vida de todos no ha faltado el novio que, después de la rumba, no volvió a aparecer. La novia entusada que llamó a eso de las 3:00 a.m. a dar lora, el que no devolvió un libro, ni un CD.

El que llega a la casa de visita, se le da comida, trago y plata para el taxi, le echa los perros a la esposa del dueño de casa y, finalmente, se va emputado y desaparece. El que siempre pide plata prestada para el almuerzo y, obviamente, nunca paga. El senador que se abstiene de hacerse el examen de alcoholemia argumentando más de 50 mil votos en las últimas elecciones.

El colado de la fila, la amiga que nos quita el novio o viceversa, el cachón descarado…en fin, así como hay variedad de deportes olímpicos, hay personas con esas mismas características, merecedoras de medallas simbólicas, por su ejemplar comportamiento. La diferencia con los deportistas es que ellos no necesitan tanto entrenamiento, ni disciplina; simplemente son olímpicos por naturaleza.