Una de las fechas, a las que más le temía, desde el inicio del duelo, era a mi cumpleaños. Se llegó el día. Hoy cumplo 54 años y, por primera vez no habrá una entusiasta voz masculina, al otro lado del teléfono, que diga: “Feliz cumpleaños, amiguita, te desea Ponqué Ramo”. Algunos dirán que tuve la fortuna de disfrutarte 53 años de mi vida. Es cierto, pero sé que hubieran podido ser muchos años más.
Hoy celebro mi cumpleaños número 54 agradeciéndote y
honrándote. Gracias por la vida, por estar siempre -desde que tengo uso de razón-, por
los paseos de domingo, cuando era chiquita, con postre incluido. Porque, en ti, vi
a un tipo honesto y trabajador que nunca reparó en darme lo que necesitaba.
Por el tenis que me enseñó la disciplina. Por el América,
club en el que pasé gran parte de mi vida. Nuestro camino juntos no fue un
lecho de rosas, tuvo muchas espinas. Pero, tú, a pesar de las dificultades, buscabas
soluciones. Gracias por responder el llamado de una adolescente que solo aparecía
para pedir plata y porque, en medio de tanta complejidad propia de la edad, estabas
pendiente y listo para socorrerme. Obviamente yo no lo veía. La ceguera de la
rebeldía me lo impedía, pero hoy puedo dar fe de tu incondicionalidad como
padre.
Cuando te di el golpe más duro, dijiste que hasta ahí llegabas.
Mentiste. Seguías ahí, firme, ayudándome. Mi vida cambió y tú, orgulloso, me
acompañabas en ese cambio. No fue fácil. Pero fue el inicio de un camino, no
solo profesional, sino personal, de transformación.
Mirar hacia adentro no es fácil. Entretanto, tú ahí,
respondiendo a mis reproches y ayudándome a cumplir mis sueños. Gracias a ti
conseguí trabajo en lo que más me apasiona: la política. Te convertiste en mi
mejor interlocutor. En cada conversación siempre me dejabas un aprendizaje,
propio de tu vasta cultura general y de esa inteligencia superior que te
caracterizaba.
En la vida adulta y en los problemas que enfrentaba también
me auxiliaste. Nunca me dejaste morir. Doy fe de que, hasta el último día de
vida, te preocupaste por mí y por la incertidumbre del futuro. Papá solo hay
uno, y esa es la causa de este vacío inconmensurable e indescriptible.
Tu mejor legado: mi sonrisa. Por eso hoy, aunque me duela el
alma, sonreiré.
Gracias, papi, por la vida, y por los 53 años a mi lado. Seguiré honrando tu legado para sentirte siempre cerca hasta que nos volvamos a encontrar.

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